En mi primer encuentro con Adelaída Kazimírovna:
-¡Ahora sé por qué me quiere usted de manera tan especial! No, no, no es por mis versos, ni por Alemania, ni porque nos parezcamos - bueno, también por eso, por supuesto - pero digo de manera tan especial…
- Y, ¿por qué?
- Porque Max me regaló a usted. ¡No me mire, le ruego, con esos ojos tan llenos de candor! Me lo ha contado todo.
- ¡Marina! (guarda silencio, respira hondo) ¡Marina! Max Alexándrovich no me la regaló, la perdió.
-¡Quéee?
- Sí querida. Cuando me trajo su libro, yo de inmediato descubrí una ausencia total de influencias literarias, y M.A. insistía en que había una por descubrir. Estuvimos discutiendo toda la tarde y acabamos por hacer una apuesta: Si M.A., a lo largo de un mes no descubría esa influencia, la perdería como el objeto más amado. Porque él la quería mucho, Marina, y todavía la quiere, pero solo cuando y cuanto se lo permito - yo. Aparte de la influencia de Napoleón, que no es ninguna influencia literaria, no pudo encontrar ninguna - porque, y yo lo sabía desde el principio, en su libro no había influencia literaria alguna y yo, justo al cabo de un mes, el día exacto, a la hora exacta - la recibí. Oh, hizo todo por quedársela, quiero decir, quiso desenmascarar a su padre espiritual, intentó incluso hacer pasar a Napoleón por un escritor, citando el llamado que dirigió a sus soldados: Soldats, du haut de ces pirámides quarante siècles vous regardent…Pero llegado ese momento fui yo quien lo desenmascaró y lo obligué a guardar silencio. Así fue, querida, como pasó usted a ser de mi propiedad.
Extraído de Tsvietáieva, Marina, Viva voz de vida, Barcelona, Minúscula, 2008, 48-49
Préstamo generoso de Inti García Santamaría.